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OPINIONES
04 DE FEBRERO DE 2008

EEUU: ¿Quién se hará cargo de la pesada herencia?

Marcelo Cantelmi. CLARIN. El gobierno republicano de George Bush empieza su retirada, pero los ideólogos e intereses que lo acompañaron pretenden dejar amarradas las reglas del fundamentalismo de mercado.

Un esfuerzo, y no demasiado exigente, que corra la cortina de los fuegos artificiales sobre las entretenidas internas en los dos partidos políticos norteamericanos, bastaría para mostrar algunos datos que sólo son visibles para el estupor o el asombro. Bajo la superficie, vigorosas fuerzas corren contra reloj para echar cemento en las reformas globales de la administración de George Bush que han causado la actual pesadilla en Oriente Medio, la política de (anti) libertades individuales y, acaso el rubro más celebrado por estas camarillas, la desregulación de la estructura financiera y contable. El trabajo de esas legiones es para evitar que esas palancas puedan volver a torcerse en un inminente nuevo gobierno; no importa de qué partido se trate, pero que se sospecha estará impelido a frenar una locomotora que parece carecer de control. Es el legado. De eso se trata.
Los choques con formas de show entre los candidatos que van quedando entre republicanos y demócratas, con rumbo a definir, posiblemente el martes próximo, a los postulantes definitivos para las elecciones generales de noviembre, efectivamente entretienen pero no responden cómo se administrará una de las herencias más complejas, astutas y amenazantes de la historia moderna de Estados Unidos y el mundo. Es sabido que hay firmes planteos para aprovechar estos pocos meses para que, por ejemplo, se eliminen todos los gravámenes sobre las ganancias de capital. En la otra mano, esta cruzada de la derecha más estructurada de la fracción del establishment que ha sostenido al gobierno de Bush, propone una argamasa de impuestos sobre los sueldos, para solventar los servicios esenciales de la administración.
Es la cumbre del fundamentalismo de mercado: la estructura gubernativa desploma sus costos sobre los sectores asalariados y se libera a las capas superiores de mayores ingresos de esos malestares con la cosa pública. No importa ya el debate sobre si tendrán éxito en su intento. Lo grave es que suceda. Y se produce en los mismos instantes que con mayor presencia mediática el presidente Bush milita sobre el Congreso para lograr eternizar la política de espionaje sobre las llamadas telefónicas y los correos electrónicos de los ciudadanos. El episodio cada vez más aberrante de la cárcel de Guantánamo, con la compra de prisioneros inocentes, es el símbolo estridente de esas terribles deformaciones.
La desregulación sin límites ni red está en la base del actual desastre en los mercados que prohijó la administración republicana y que necesitaba aquella coraza de impunidad para correr todas las barreras y es por eso que la batalla contra el terrorismo del 11-S se trastocó en la fallida ofensiva imperial en Irak. O como lo señaló en mejores palabras el nobel Paul A. Samuelson: "Las bancarrotas y las ciénagas macroeconómicas que sufre hoy el mundo tienen relación directa con los chanchullos de ingeniería financiera que el aparato oficial aprobó e incluso estimuló durante la era de Bush". No es difícil recordar aquí aquella aberración que se atribuyó a otro nobel, Milton Friedman, el monetarista que llegó a sostener que "corrupción es cuando el Estado interviene con sus regulaciones en el libre comercio" (¡!).
Vale la pena observar otro párrafo con Samuelson: "El joven George Bush no sólo metió la pata en la política de Oriente Próximo. Además, la versión Bush-Rove de la democracia plutocrática logró la peculiar alquimia de convertir un ciclo normal de expansión y contracción en la vivienda en un pánico financiero mundial a la vieja usanza y difícil de controlar". La alusión va por Karl Rove, el pragmático que inventó a este presidente, su manejo populista del electorado y las trampas que convirtieron a la mentira en una de sus principales herramientas de gobierno.
Es el legado. Cuando estalló la mayor quiebra del capitalismo con los falsos balances de Enron seguida poco después de la mayor quiebra del capitalismo —superior a Enron— con el fraude de WorldCom, ambas en pleno gobierno de Bush, ciertos circunspectos círculos europeos, especialmente en Alemania, tragaron saliva admitiendo que la "transparencia" y un Estado ausente eran la base de un desastre que se haría imparable. Pero eso estaba alentado por el poder. La primera medida que adoptó el actual gobierno neoconservador norteamericano fue el nombramiento de un presidente de la Comisión del Mercado De Valores —Harvey Pitt— que fue empleado de las principales empresas de contabilidad y que dio luz verde a la "creatividad" de los ingenieros financieros.
Parte de esa creatividad fue la calificación anticipada y con triple A, entre las máximas categorías, por parte de las calificadores de riesgo, de las herramientas de inversiones sustentadas en las hipotecas truchas, delictivas o subprime que liquidaron el mercado inmobiliario norteamericano y, en parte, mundial.
Es improbable suponer que noviembre de 2008 será una frontera y que aflorará un gobierno que, como el del segundo Roosevelt, pueda reconstruir al país y luego al imperio. La razón es sencilla y no sólo por la asombrosa admiración que Barack Obama profesa por Ronald Reagan, o por el carácter netamente republicano de la demócrata Hillary Clinton. Bush no llegó espontáneamente. Es consecuencia de fuerzas profundas que forman parte de la propia identidad de esta etapa de la estructura imperial, de sus contradicciones, y que lastra las enormes desigualdades que generó la reagonomic y su espejo europeo de Margaret Thatcher. Esta crisis significa mucho más que meros individuos. Conviene no olvidarlo mientras se llena de palabras la interna electoral norteamericana.
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